MADRES del Estado Islámico: el dolor de ver a tu HIJO convertirse en un MONSTRUO

“Rota, como una vasija”, es la expresión con la que se define Torill, una noruega de unos 60 años que pena en silencio, con vergüenza. Su hijo Thom Alexander es uno de los tantos occidentales que escaparon a Siria y a Irak para sumarse a las fuerzas del autodenominado Estado Islámico.

Las hijas que le quedaron en Oslo movieron cielo y tierra hasta dar con el reclutador de su hermano; este les enseñó algunas imágenes de su iPad, y entre estas, una de Thom, con un tiro en la cabeza y un ojo fuera de su órbita.

De regreso a casa, las dos jóvenes le contaron a su madre. Entonces Torill, ya convencida, se recluyó en su habitación y de su cama no salió en una semana.

Al cabo de ese tiempo, cuando reunió las fuerzas, se duchó y se observó en el espejo: parecía una vasija que se hace añicos.

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Semejante sensación experimentó Karolina Dam, una madre de Copenhague, en Dinamarca, cuyo hijo Lukas llevaba siete meses en Siria, sumado a las hordas de los islamistas. Una tarde de premoniciones, extremadamente nerviosa, Karolina se atrevió a escribir un mensaje en la cuenta de Viber del joven: “Mi amado hijo, te quiero muchísimo. Te echo de menos y quiero abrazarte y olerte, sujetar tus manos entre las mías y mirarte sonriendo”. Un mes más tarde alguien le respondió: “Y qué pasa con mis manos jeje”. Evidentemente alguien tenía en su poder el teléfono de su hijo. “Tus manos también, querido –le contestó-, pero sobre todo las de Lukas”.

“¿Estás preparada para una noticia?” – leyó Karolina. “Tu hijo está hecho pedazos”.

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Estos son tan solo dos anécdotas de las narradas por un grupo de madres de occidentales radicalizados que sumaron a las filas del islamismo extremista al The Huffington Post: una especie de recuento del dolor de estas mujeres afectadas por la muerte de lo más sagrado, pero a la vez impactadas por la repercusión social y mediática de sus casos.

Porque más allá de la noticia, de la afiliación de un joven a la rama fundamentalista de una religión cualquiera, más allá incluso de su muerte, hay una espacio en el que penan, a diario y muchas veces en silencio, sus madres.

Como el caso de Christianne Boudreau, de Calgary, Canadá, cuyo hijo Damian, tras una adolescencia complicada, encontró primeramente en el Islam una vía de sosiego, para luego radicalizarse, huir de su familia, viajar a Siria y desde allí combatir contra todos los valores en los que había sido educado.

Christianne es un ejemplo de dolor, pero también de entrega a una causa: la de evitar que otros jóvenes tuerzan sus rumbos y que otros padres los vean morir en una guerra innecesaria y enferma.

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De su hijo Damian, esta mujer cuenta que se volvió un niño retraído cuando sus padres se divorciaron, que con 17 años intentó suicidarse y que poco tiempo después le confesó que había descubierto el Corán. Lo triste fue que a partir de 2011 el joven empezó a rechazar los hábitos familiares, asumió una filosofía muy rígida con respecto a los derechos de las mujeres y hasta empezó a justificar ciertos asesinatos.

Poco tiempo después le anunció que se mudaba para Egipto, donde continuaría sus estudios y se haría imán.

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Pero no fue así. El 23 de enero de 2013 dos agentes de la inteligencia canadiense le comunicaron a Christianne que su Damian se encontraba en Siria como miembro de Jabhat al-Nusra, una rama local de Al Qaeda, que luego pasó a formar parte de Estado Islámico. Sin embargo, hasta ese momento su hijo continuaba llamándola por teléfono. Ella aprovechaba para suplicarle que regresara, le ponía al habla a su otro hermano, Luke, quien no paraba de llorar y de rogarle que recapacitara.

“Fue entonces cuando me di cuenta de que mi hijo había desaparecido –relata ahora esta mujer-, que había alguien nuevo ocupando su cuerpo”. Entonces cesaron las llamadas. Damian había empezado a practicar el takfir, la desconexión que los radicales hacen de sus familiares no creyentes.

En agosto de 2013, Christianne recibió una última comunicación, esta vez a través de Facebook. “Sólo pensar que no volveré a verte otra vez o abrazarte otra vez, ha roto mi corazón en mil pedazos –le escribió ella-. Supongo que nunca lo entenderás porque tú nunca serás madre.”

“Yo también los echo de menos –respondió el joven insurgente-, pero como ya habrán podido suponer, nada ha cambiado respecto a mi fe, mis intenciones o mi situación actual.”

El 14 de enero de 2014, un periodista le avisó a Boudreau que a través de Twitter se informaba que Damian había sido ejecutado por el Ejército Sirio Libre en Huraytan, a las afueras de Alepo. El cielo terminó de ennegrecerse para esta madre.

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Sin embargo, esta situación hizo renacer en esta canadiense uno nuevo rostro, el del activismo. Tras un proceso de luto, Christianne se puso en contacto con Daniel Koehler, un experto alemán en desradicalización que había trabajado con jóvenes neonazi pero que en los últimos años había ampliado su trabajo hacia los radicales islamistas.

Ambos se vieron en Berlín, y allí Boudreau conoció a otras tres madres de diferentes nacionalidades que habían pasado por semejante trance. Gracias a estos intercambios, Christianne sintió que “la nube negra por fin comenzaba a desaparecer”, entendió que “el golpe que han recibido [las madres como ella] no es un fenómeno único en el universo y que no podían hacer nada por evitarlo”.

Boudreau hace todo lo que está en sus manos para abrirles los ojos tanto a jóvenes interesados en el tema como a padres inquietos por la actual circunstancia.

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Sobre esos caminos del dolor y el apoyo, esta mujer ha conocido a la danesa Karolina Dam, cuyo hijo Lukas, con tan solo 15 años, ya se había convertido al Islam. Justo cuando llegó a sus 18 años, Lukas huyó a Turquía, y de ahí a Siria, donde murió en diciembre de 2014. Su madre pudo tener acceso a una cuenta privada de Facebook en la cual aparecía una foto de Lukas, tendido en el suelo, con un AK-47 al lado y una bandera del Estado Islámico al fondo.

Un poco más abajo, aparecía este comentario: “Que Alá acepte a nuestro hermano converso danés, de nombre Shaheed, llamado de entre los Shuhadah para reunirse con Alá”.

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Desde entonces Karolina Dam no es la misma. Tras revolver en las pertenencias que dejó su hijo en Copenhague, ha encontrado una vieja camiseta tuya que nunca llegó a lavarse. Tiene su olor. Eso es lo único a lo que esta madre se aferra en estos momentos.

¿Y tú qué opinas?

 

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