La peor PESADILLA que puede vivir una familia: Todo comenzó con un pedido de comida

En ‘El proceso’, una de sus obras más célebres, Franz Kafka narraba el arresto y descenso a los infiernos de la justicia de Josef K. La novela definía muy bien el signo del siglo XX, en el que la burocratización extrema provocaba que la justicia resultara inaccesible para el hombre común. La historia de los Strater puede ser una actualización terriblemente real del viaje de Josef K., al dejar entrever los terrores cotidianos del nuevo siglo. Si la obra de Kafka empezaba con “Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido”, en este caso puede arrancar con un “Alguien debió de haber calumniado a los Strater, porque sin haber hecho nada malo, un buen día empezaron a recibir comida que no habían pedido”.

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Bueno, ¿qué tiene de malo que, como ocurrió en día de 2010, te llegue por equivocación un pedido de comida china, si lo comparamos con ser detenidos sin razón? ¿O que, poco después, le siguiesen un montón de pedidos de pizza? Que se trataba tan sólo del principio de una larga serie de tropelías que los cuatro miembros de la familia (Paul y Amy y sus hijos Jordan y Blair) iban a sufrir en su casa de Oswego, a una hora de Chicago. Pronto sus electrodomésticos empezaron a dejar de funcionar, un camión depositó tres toneladas de gravilla en el camino de entrada a su casa y sus servicios de internet y televisión fueron cancelados.

La policía recibió una llamada en la que el hijo, Blair, aseguraba haber matado a su madre después de haberse drogado

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Poco a poco, los ataques empezaron a escalar en intensidad. Especialmente molestas eran las llamadas telefónicas que recibían en su hogar a horas intempestivas y que amenazaban con quemar su casa. En octubre de 2013, los policías llamaron a la puerta de la familia porque habían recibido un mensaje en el que, supuestamente, Blair avisaba que había matado a su madre después de tomar drogas (algo que, evidentemente, no había ocurrido). El año siguiente, un grupo de bomberos se presentó en casa de los Strater después de que alguien les avisase de un supuesto incendio. Otros avisos alertaban de un artefacto explosivo o de dos hombres negros violando a una mujer blanca. ¿Qué estaba pasando?

La guerra invisible

Los Strater tienen claro quién es el causante de su situación, algo que repiten cada vez que un medio de comunicación se digna a escucharlos, como ha ocurrido recientemente con ‘The Daily Dot’ o ‘Fusion’: Julius Kivimaki, el joven finlandés líder del grupo de ‘hackers’ Lizard Squad, responsable del ciberataque del día de Navidad de los servidores de Sony y Microsoft. Pero, ¿qué se le ha perdido a un informático finlandés con una familia de clase media que vive en los suburbios de Chicago?

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Al parecer, el hijo de la familia, Blair, había conocido a Kivimaki en un foro de internet. El pequeño de los Strater tiene su propio historial de delitos cibernéticos, entre los que se encuentra ‘hackear’ la página web de su instituto; su nombre también aparece junto al mensaje de pirateo de Malaysia Airlines en enero de este año (probablemente, una manera de implicarle). El origen de la disputa parece haber sido la expulsión de Kivimaki de un chat que Blair dirigía. El finlandés señala que el pequeño de los Strater, que aún no era mayor de edad por aquel entonces, había amenazado con publicar los nombres y la información personal de algunos de sus amigos. Como recoge el reportaje de Fusion, Blair tiene claro qué haría con Kivimaki: “Arrancarle el pene y ahogarlo con el”.
El finlandés se defiende explicando que él nunca ha ido más allá de insultar a su enemigo en la red y que fueron otros los que decidieron atacarle por su comportamiento, aunque reconoce en ‘Fusion’ que quizá fue él el que cortó la conexión de la familia a la televisión por cable. ¿La posición de la familia respecto al comportamiento de su hijo? “Estoy un poco preocupada por el hecho de que todo esto haya empezado por algo que Blair supuestamente hizo”, explicaba Amy, la madre de la familia. “Pero tenía 15 años cuando todo esto empezó. No tenía ni idea de que echar a alguien de un chat pondría en marcha el comportamiento esquizofrénico de este chico de Finlandia. No tenía forma de saberlo”. Haya sido Kivimaki o alguno de sus amigos, las acciones de Blair derivaron en unas consecuencias que nadie podría haber previsto… Mucho menos un niño de 15 años con acceso a un ordenador cuyos padres muy probablemente no sabían lo que estaban haciendo.

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La tragedia se consuma

Volvemos a Chicago, donde la situación se estaba poniendo cada vez peor. Quizá el más célebre de los ataques sufridos por los Strater fuese el mensaje publicado por la cuenta de Twitter de Tesla que ofrecía automóviles gratis a aquellos que acudiesen o llamasen a la casa de dicha familia, algo que recogieron medios como la NBC, que titulaba ‘El hackeo de Tesla tiene como objetivo a una familia de Illinois’. Los Strater recibieron llamadas incluso de Sudáfrica. “El miércoles a las tres de la tarde no sabía lo que era Tesla; pensaba que ‘Elon Musk’ era una colonia para hombres”, explica Paul. Sin embargo, Kivimaki ha explicado a ‘The Daily Dot’ que adora Tesla y considera que “es una extraordinaria compañía que ha hecho un trabajo muy innovador en el campo de la tecnología verde”.

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El ataque a los Strater ha ido mucho más allá del simple ‘troleo’, hasta que prácticamente ha acabado con la estabilidad (personal, social, laboral) de la familia. Amy perdió su trabajo después de que sus cuentas de correo fuesen pirateadas y un impostor publicase mensajes como “Hitler no hizo nada malo” o “que te jodan, negrata de mierda, porque gracias a ti mi familia está endeudada hasta el cuello”, dirigido a Barack Obama. El más dañino de esos mensajes fue un que señalaba que “El sistema de salud de Ingalls apesta”. Teniendo en cuenta que Ingalls es la red de hospitales donde trabajaba la madre, no resulta sorprendente que fuese despedida poco después de la publicación de los mensajes en un pacto por el cual no puede ponerse en contacto con los medios de comunicación (algo que ha ignorado).

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La pequeña de los Strater fue la siguiente víctima de los ataques. Como explicaba a ‘The Daily Dot’, en el instituto todo el mundo la miraba “porque sabían que yo sabía lo que estaba pasando, pero no podía contárselo a nadie”. Se refiere a ese día que los policías acudieron a casa después de que su madre supuestamente publicase un mensaje que amenazaba con llevar a cabo un tiroteo en el colegio. “Los chicos no pueden juntase con ella porque piensan que algo pasa con su familia”. Esa es otra consecuencia del acoso a los Strater: el estigma social que provocan las cosas extrañas que ocurren en su hogar y que tan difícil resultan de explicar.
El matrimonio, además, se ha roto, aunque siguen manteniendo una relación amistosa. Amy se fue a vivir a un apartamento a principios de este año. Viven en una bancarrota virtual: la mujer no ha encontrado trabajo desde mayo y Paul “está perdiendo su casa”, aunque sigue trabajando como cámara en la televisión local. “No nos queda nada”, explicaba la mujer a ‘The Daily Dot’. Pero, como estos señalan, y aunque están convencidos de que Kivimaki es la mente pensante detrás de los ataques, los auténticos villanos se encuentran muy cerca de ellos, incluso en la casa de al lado.

Tiempos y costumbres (terribles)

Uno esperaría que, de ser víctima de un ataque semejante, recibiría inmediatamente ayuda de las instituciones y de las fuerzas de seguridad. El caso de los Strater pone de manifiesto que es más bien al revés. No sólo no han recibido ningún auxilio, sino que la manera en que el sistema está planteado (y sus debilidades, fácilmente explotables con un poco de mala fe) es lo que los ha conducido a la situación en la que están. Pensemos, por ejemplo, en las constantes visitas de la policía a su casa. ¿No sería mejor para todos que hiciesen caso omiso cada vez que recibiesen un aviso, después de que se haya demostrado que son falsos? Imposible, puesto que la policía tiene orden de verificar todas y cada una de las alertas, lo que deriva en situaciones tan absurdas como tener que demostrar a los agentes que no están muertos.

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“No puedo conseguir un trabajo y mi matrimonio se acabó. No pasa ningún día sin que me pregunte si no sería más fácil si terminase con mi vida”

Otro problema añadido es que, cuando te enfrentas a un enemigo así, es difícil poder trazar el origen de las llamadas para acusarle formalmente. La sensación que toda la familia tiene es la de absoluta indefensión, incluso reconociendo los pecados de su hijo. Por ejemplo, de aquí en adelante será mucho más complicado para Amy encontrar trabajo, puesto que una simple búsqueda en Google permite a un seleccionador de personal descubrir que es objeto frecuente de ataques cibernéticos, un riesgo que muy pocos se verán dispuestos a correr. La solución en apariencia más fácil, contratar a un especialista en reputación ‘online’, es una alternativa muy cara para alguien que acaba de perder su trabajo.

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Esa es la gran trampa de la historia de los Strater. Que a pesar de ser víctimas la sociedad los considera unos apestados, una extraña familia que atrae el caos y la violencia. “No puedo conseguir un trabajo y mi matrimonio se acabó. No pasa ningún día sin que me pregunte si no sería más fácil si terminase con mi vida”, confestaba Amy en ‘Fusion’. ¿Dónde está la ley cuando se la necesita? es la pregunta más obvia que se hace cualquier que conozca la historia. Paul, por su parte, añade que le podría haber pasado a cualquiera. En ‘El proceso’, la justicia se presentaba absurda e intolerante. Un siglo después, sigue siéndolo, pero además, ahora parece impotente ante unos cambios sociales y tecnológicos que no puede combatir porque no tiene las armas necesarias. Y, probablemente, no sepa ni cuáles son.