Encontró a su hija de 17 años durmiendo desnuda con un joven ¡Lo que hizo cambió sus vidas!

“Cuando todos estuvimos sentados en la mesa, le grité: “¡Joven, el desayuno está listo!”. Creo que nunca he visto a un hombre dar un salto de susto tan grande”.
Los padres son protectores y celosos de sus hijas pequeñas. Esa es una actitud que se ha repetido desde hace siglos. No quieren que nadie les haga daño, y por eso tienden a ser más cuidadosos de lo necesario. Hay casos que en donde se demuestra que aquel instinto paternal es útil, pero también muchos otros que apuntan a lo contrario. No hay un camino 100% correcto: la mejor forma de enseñar y de cuidar es en base al diálogo. La historia a continuación enseña una valiosa lección sobre la confianza, la madurez, el respeto y la compasión. Vale la pena leerla hasta el final para entender el cambio de pensamiento del padre:
Una mañana bajé las escaleras de casa y me encontré a mi hija de 17 años durmiendo en el sofá con un joven desnudo. Sin duda habían pasado una gran noche. En silencio, preparé el desayuno mientras me aguantaba la rabia y pensaba en cuál sería la mejor manera de proceder. Cuando terminé el desayuno, subí a despertar a mi mujer, mi hijo y mi hija (la menor), y los senté en la mesa de la sala. Nuestra mesa de comedor está situada a unos 6 metros del sofá, pero justo enfrente de él.

Cuando todos estuvimos sentados en la mesa, le grité: “¡Joven, el desayuno está listo!”. Creo que nunca he visto a un hombre dar un salto de susto tan grande. Con un tono de voz que pretendía demostrar que deseaba arrancarle el alma, puse mi mano sobre la silla que tenía a mi lado y le dije: “¡Siéntate!”. Mi familia permaneció en silencio sin mover ni un músculo.
Deben de haber sido los 6 metros más difíciles que un joven desnudo ha caminado nunca, mientras trataba de ocultar, debo reconocer, su bastante impresionante miembro. Un miembro que, recién levantado, mi mujer, mi hija y hasta mi hijo no pudieron ignorar. Tras ponerse deprisa la ropa, se sentó a mi lado. Mi hijo, de metro ochenta, le dio una palmadita, lo miró a los ojos, suspiró y sacudió la cabeza, lo que le puso realmente nervioso. Casi podía oler su miedo cuando comencé a hablar marcando lo más que podía mi acento ruso:
-Amigo mío, te voy a hacer una pregunta y te advierto que la respuesta es muy importante para ti…– dije mientras unas gotas de sudor aparecían en su frente –¿Te gustan los gatos?
Pude darme cuenta, mientras pensaba la respuesta, que era simpático, agradable, sin educación, pero inteligente. Sin embargo, había algo extraño en él. Mi hija me aseguró que era un chico muy agradable y atento, se conocían desde hace 1 mes. Desde aquel momento, el joven vino todas las mañanas para acompañarla en bicicleta hasta la escuela. Cuando terminaba, la recogía y volvía hasta casa. Se aseguró de que siempre hiciera los deberes. Y cuando enfermó y nosotros trabajamos, cuidó de ella. Demostró tener la paciencia de un ángel cuando mi hija tenía sus terribles cambios de humor.
Después de 8 meses, mi hijo vino a hablar conmigo. Había estado preguntando por el chico y se había enterado de que en realidad era un ‘sin techo’. Su padre, quien lo maltrataba, se había suicidado y su madre, una prostituta adicta al crack, hizo lo mismo tres semanas después. En ese entonces, él tenía 15 años y vivían en un remolque alquilado. Después de eso, vivió en la calle durmiendo en parques, en el albergue del ejercito de salvación, en hoteles sucios y baratos y en casa de algún amigo. Había conseguido hacer algún trabajo en la construcción y otros extras mal pagados. Cuando conoció a mi hija en la escuela de equitación, él paleaba los excrementos de los caballos. Pero ya sabes… 17 años y las hormonas enloquecidas…
En el club de equitación hay chicos de 18 y 19 años, de sonrisa bonita, educación perfecta y buenos modales. Pero, ¿a quién le importa? A mi hija le gusta un chico que no pudo disfrutar de su infancia por culpa de un padre maltratador y maníaco depresivo suicida y una madre adicta. Un tipo que ha sido alimentado por vecinos y desconocidos.
Cuando no venía por casa porque había encontrado algún empleo, le echábamos de menos. No eran amigos, pero mi hijo se lleva genial con él. Mi hija menor tenía una confianza incondicional en él y mi mujer parecía haber ampliado su instinto maternal. ¿Y yo? Yo tuve que admitir que me preocupaba por él. Quería que fuera feliz.
Le conté su historia a mi mujer y mi hija, y lloraron. Me decepcionó un poco mi hija mayor, porque a pesar de saberlo no quiso decirnos nada. ¿Ella lo amaba y aún así dejaba que se fuera a dormir a la calle?Al día siguiente, le di una llave de nuestra casa y le dije que lo esperaba en casa todas las noches. En las semanas siguientes, despejamos la habitación de invitados y le ofrecí comprar unos muebles de su gusto. No quiso. Dijo que prefería ganarse las cosas y que podía construirlas él mismo. Le gustaba construir cosas y le conseguimos una educación que se lo permitiera.
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Era el año 2000. Ahora, 15 años más tarde, mi hija y él, al que ya considero mi hijo, tienen un próspero negocio juntos. Me han dado 3 hermosos nietos, dos de ellos gemelos: un niño y una niña”.
 
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